¡VIVA LA REVISTA!

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sábado, 19 de julio de 2008

Cómicos y galanes (y XXVIII): Zori, Santos y Codeso


Uno de los tríos cómicos más populares y que mayores éxitos cosecharon en el panorama revisteril de su época. Esta sociedad funcionó durante algo más de veinte años hasta que en 1963 Manolo Codeso decidiera formar su propia compañía, dejando al dúo Zori y Santos dedicándose exclusivamente al género frívolo.
El trío estaba formado por Fernando Santos, que era el mayor de los tres. Nacido en Salamanca en 1923, fue un cómico de raza, de aquellos que empezaban en el mundo artístico desde edad muy temprana actuando en papeles insignificantes. Él lo comenzó haciendo en 1940, en una compañía juvenil de zarzuelas en la que percibía quince pesetas diarias junto a otros principiantes, posteriormente muy conocidos también dentro del género revisteril como Rubén García, Paquito Cano o Pedro Peña. En 1943 pasó a la compañía de Mariano Madrid donde conoció a Tomás Zori y Manolo Codeso, los otros dos integrantes de este particular y exitoso trío de cómicos.
Tomás Zori nació en 1925 en el Puente de Vallecas, en Madrid. Hijo de un albañil, desde pequeño sintió una especial atracción por el mundo escénico. Conoció a Manuel Codeso, oriundo de Cádiz, ciudad en la que vino al mundo en el año 26, en la compañía de Mariano Madrid, quien le contrató para actuar en diversos espectáculos y obras que llevaba en su repertorio; pero no sería hasta 1947 cuando el maestro Guerrero los contratase para actuar en la humorada cómico-lírica original de Paradas y Jiménez La blanca doble en el madrileño Teatro La Latina. Allí actuaron junto a Mary Campos, Pilarín Bravo, Carmen Martín o Isabelita de la Vega, haciendo de mencionada obra un auténtico “boom” teatral para la época. Aclamada, criticada, perseguida, censurada, prohibida... La blanca doble fue uno de esos acontecimientos teatrales que no se olvidan fácilmente. La crítica llegó a decir de ella: “El libro tiene salero, mucho salero, en diálogo y en sus situaciones, en lo que dice y en lo que sugiere, perfectamente encuadrado en el movimiento escénico: las mismas cortinas que facilitan el cambio de lugar de la acción, quedan dentro de este encuadre por la presencia ante ella de personajes o números que, con el argumento, por continuidad o referencia se relacionan. La música es garbosa, alegre, con esa alegría comunicativa de sabor popular que tarareamos inconscientemente, con el ánimo despejado, abierto al retozo. ¿No es ésa la música que corresponde a una pieza de este corte? Pero hay en ella algo más: facilidad melódica marca Jacinto Guerrero. [...] Los escenarios tienen color y buen tono; tono de revista que le va a la acción y al ambiente muy bien. El vestuario de las vedettes y señoritas de conjunto responde, dentro de su variedad, a ese sentido de lo que debe ser para que realce los encantos femeninos. [...] Tiene cuadros, alguno como el titulado “Encaje de bolillos”, de tres planos, que es sencillamente primoroso. Éste, como todos los demás, justos en medida y tiempo para que dejen en el espectador ganas de verlos otra vez. [...] Es una humorada cómico-lírica, con libro de comedia y excelencias de revista, retozo del oído y de los ojos, que nos clava en la butaca insensibles al tiempo que pasa y, por su amenidad, nos sabe a poco”.[1]
Efectivamente, La blanca doble tenía una extraordinaria partitura cuyos números comenzaron a hacerse tremendamente populares a través de la radio. Geniales estaban este trío de cómicos en el vals de “Los texanos” o las bulerías del “¡Ay, qué tío!” con su tarareado estribillo: “¡Ay, qué tío, ay, qué tío, qué puyazo le ha metío!”. El argumento de esta revista era bien sencillo: Lozoya trabaja con su mujer Blanca en la lencería que ésta posee en Madrid. Ambos forman un matrimonio muy particular puesto que aquélla domina en demasía a su marido y él, obedece y calla. Lo que no sabe Blanca es que Lozoya está enamorado de una clienta, Blanquita, a la que no cesa de cortejar continuamente. Para poder quedar a solas con ella, le dice a su mujer que va a acudir al funeral de un amigo suyo, Peláez, algo que, aunque irrita a Blanca, no puede dejar de aceptar. Sin embargo, la trama se complica cuando Blanca envía una corona de flores a Peláez, el supuesto difunto, que aparece más vivo que muerto indignado por la tropelía que ha cometido el que creyera su mejor amigo. Así las cosas, Peláez descubre la aventura que Lozoya tiene con Blanquita y, junto a la mujer de aquél, parten al encuentro de los amantes dispuestos a desenmascararlos. Al descubrirse el enredo, Blanca abandona a su marido y éste se fuga con Blanquita. Como Lozoya no dispone de dinero al quitárselo su mujer, se introduce en el teatro como artista de variedades, pero para Blanquita es demasiado poco ya que una mujer tan superficial como ella necesita que los hombres la colmen de caprichos y Lozoya no puede costeárselos, por lo que lo abandona y se fuga con su amigo Peláez. Finalmente, todo se resolverá a favor de Lozoya cuando, arrepentido, vuelva al lado de la única mujer que verdaderamente lo quiere: Blanca.
Tras el éxito sin igual que supuso La blanca doble, el trío de cómicos comenzó una fulgurante carrera artística en colaboración. Juntos aparecieron en infinidad de títulos inolvidables dentro del género como Los babilonios (1949), Pescando millones (1950), Tres gotas nada más (1950), Oriente... y accidente (1951), Metidos en harina (1953) otro de sus grandísimos éxitos, Tres caballeros (1954), Una cana al aire (1954), Lo que quiera mi papá o ¡Vivan los novios! (1958), Tres eran tres los novios de Elena (1961), que supone el punto de inflexión en el grupo con la marcha de uno de sus integrantes, Manolo Codeso, a causa de un asunto de rivalidades femeninas entre las dos vedettes protagonistas de la revista, Queta Claver y Milagros Ponti.
Pero Manolo Codeso decidió separarse del grupo y formar su propia compañía. No sería hasta 1967 cuando el trío volviese a reunirse de nuevo en una reposición de Metidos en harina, pieza que volverían a reponer en 1991, siendo ésta la última ocasión en que actuarían juntos.
Por su parte, tras la separación de Codeso, Zori y Santos continuaron en el género revisteril hasta 1977 aproximadamente, género que abandonarían momentáneamente para dedicarse a la comedia. Los dos incluirían en sus espectáculos a las grandes vedettes del momento como Celia Gámez, con la que trabajaron en El último de Filipinas (1971), Queta Claver, Esperanza Roy, Mª José Cantudo, Lina Morgan... Entre los títulos que estrenaron destacan: Operación millón (1962), Antón Pirulero (1962), Me lo dijo Adela (1963), El marido de mi mujer (1964), El guardia y el taxista (1965), A Alemania me voy (1967), Trabaja pero seguro (1967), Los tunantes (1968), Esto tiene truco (1970), Un, dos, tres, cásate otra vez (1972), La señora es el señor (1974), El cuento de la lechera (1974), Todo el monte es orégano (1978), etc.
Fernando Santos falleció en 1993 ; posteriormente lo harían Tomás Zori (2002) y Manolo Codeso (2005). Con ellos, la revista musical española desapareció definitivamente del panorama escénico español.
[1] Vid. Crítica en el libreto explicativo del CD El sobre verde. La blanca doble, Barcelona, Blue Moon, “Serie Lírica”, 2000.

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