¡VIVA LA REVISTA!

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domingo, 23 de mayo de 2010

Aquellas inolvidables revistas... (XXIV): Una jovencita de 800 años (1958)

Una jovencita de 800 años (1958), “sainete superrealista en dos actos” original de José Muñoz Román y música de los maestros Moraleda y Cofiner estrenada en el madrileño Teatro Martín el 26 de abril con Licia Calderón, una de las vedettes más finas y elegantes del género, Gloria Lacalle, Mª de los Ángeles Flores, Patrocinio Rico, María Baus, Adrián Ortega, Quique Camoiras, Luis Heredia, José Álvarez “Lepe” y Francisco Lacalle con números tan deliciosamente compuestos como el pasacalle estudiantina “Tuna napolitana” que interpretan Licia Calderón y el conjunto de tiples, el fox “Besarte soñé”, la marchiña “¡Qué bonita!” o el bolero “Perdón”, fue ésta una obra celebrada y aplaudida con el suficiente éxito como para permanecer largo tiempo en cartel: la acción del prólogo nos traslada al siglo XII donde don Favila, señor del castillo, ordena al astrólogo Arístides castigar a la hermosa Brunilda de Ezcaray por haber entrado en amores con el trovador Gerineldo y abandonar a su hijo don Fadrique poco antes de su enlace matrimonial; pero antes de castigarla, Arístides le advierte a su señor de los posibles peligros que en un futuro podrían causarle si consuma su venganza hacia la bella mujer. Aún así, don Favila hace caso omiso a las advertencias y, mediante una poción que Arístides le da, condena a Brunilda a vivir eternamente sin juventud, belleza ni alegría. Después la encierra en un
cofre. Para que el sufrimiento de ésta sea mayor, don Favila hace además que a Gerineldo le corten la cabeza. El verdugo Berutti así lo hace y, a la par y siguiendo las instrucciones que su señor le ha dado, corta también la lengua a todo aquel que ha presenciado su venganza, de ahí, por ejemplo que también decida encadenar en una mazmorra para la eternidad al astrólogo y clave un puñal a Berutti. Arístides, en represalia realiza un conjuro gracias al cual Brunilda recobrará toda su juventud y lozanía siempre y cuando Gerineldo le dé el primer beso de amor:
Yo volveré a ser así
por un milagro de amor;
¡me dará juventud y hermosura
el beso de un hombre
que me enamoró!
¡Yo volveré a ser así!
Besar... besarte soñé,
besar con todo mi ardor.
¡No olvides que mi beso es el primero!
Sentir..., sentirme mujer
al dar un beso de amor
que guardo para ti, porque te quiero.
Un beso es la alegría con que sueña la mujer...
Un beso es el veneno que nos hace enloquecer...
Besar..., besarte soñé;
besar con todo mi ardor...
Decirte, suspirando, con amor:
¡Amor!...
¡Te quiero, nene mío!...
¡Siempre, siempre, siempre te querré!
¡Yo te querré!...
Si besas en mi boca por primera vez.
Éste, a su vez, vivirá reencarnándose en varios animales hasta que, convertido en humano, bese a su amada. Mientras tanto, Brunilda y Arístides vagaran en pena por las estrellas... Y así llegamos hasta nuestros días. La acción se traslada, pues, a un patio de vencindad madrileño en donde aparecen Feliciano, matarife de profesión, Ciriaco, aprendiz de la tienda de electricidad que posee su tío y Bernabé, propietario de dicho comercio y, a su vez, tío de Ciriaco. Los tres forman fiel trasunto del verdugo Berutti, Gerineldo y don Favila.
Feliciano discute acaloradamente con Ciriaco porque éste, a su vez, tiene amores con la sobrina de aquél, Blanquita, y no quiere ello continúe puesto que quiere casar a su sobrina con un hombre que tenga más posibles que el pobre aprendiz; aunque Blanquita a quien quiere verdaderamente es a Ciriaco. En la misma casa de vecindad en la que se hospedan estos personajes vive también don Arístides, viejo que realiza experimentos y que tiene cierto don para las artes adivinatorias. La acción comienza a complicarse cuando don Arístides predice que Ciriaco va a convertirse en poco tiempo en millonario, con lo que Feliciano, supersticioso como nadie, accede con suma alegría a que su sobrina continúe sus relaciones con el joven aprendiz.
A su vez, Bernabé está recibiendo desde hace tres días diversas cartas de amor de una desconocida jovencita de diecinueve años que le cita diciéndole que está perdidamente enamorada de él y, junto a ellas, un billete de mil pesetas cada una; claro que lo que aquél desconoce es que su mujer, Urbana las ha interceptado antes de que lleguen a su poder, por
lo que éste no sabe ni tan siquiera de su existencia, aunque su mujer lo aguanta por el dinero que recibe religiosamente en cada sobre; sin embargo, cuando Bernabé se entera de que hay una mujer que todos los días le escribe citándolo, ni corto ni perezoso y, para darle un escarmiento a su mujer, decide acudir a la cita junto a su sobrino Ciriaco, al que también han invitado en la carta.
Claro que, como no podía ser menos, tanto Urbana, como Blanquita y Feliciano se enteran de la cita y acuden presurosos para vengarse de tío y sobrino. El día de la cita, Bernabé y Ciriaco se encuentran con una joven mecanógrafa, Adelina, a la que consideran parte de la cita; por otra parte, ven a Brunilda, una anciana señora que resulta ser la mujer que enviaba las cartas. Cuando Brunilda les cuenta a ambos la historia de su largo peregrinar por el mundo desde hace ochocientos años, desea que Ciriaco le dé un beso de amor para así romper el maleficio que pesa sobre ella. Éste se niega, por lo que Brunilda le dice a Bernabé que si éste logra convencer a su sobrino de que la bese, obtendrá mucha dicha y fortuna; y así lo hace. Una vez que Brunilda recupera la juventud, Arístides muere y a Bernabé comienza a sonreírle la fortuna: gana la lotería, posee un magnífico coche con chófer, acciones de Telefónica... es tanta la suerte que va a
tener a partir de ahora que a todo aquél que quiera hacerle algún daño, le ocurrirá una desgracia.
Mientras tanto, Ciriaco, sorprendido por la fortuna de su tío, accede a casarse con Brunilda, quien le ha prometido la misma suerte que a Bernabé si contraen matrimonio.
Así las cosas, Urbana reprende a su marido y, en ese instante, fallece, reencarnándose, con mismo cuerpo pero con distinta alma en Arístides.
En el segundo acto, la riqueza de Bernabé queda patente en todos los ámbitos; no sólo por su elegante casa sino, además porque posee de administrador a Feliciano quien, a su vez, ha tomado de secretaria a Adelina, a quien corteja y protege Bernabé, algo que enciende los celos de aquél; sin embargo, el argumento va tomando directrices totalmente diferentes cuando Ciriaco comienza a estar harto de la inteligencia de Brunilda, por lo que, a medida que la va rechazando, también va menguando la fortuna y suerte de su tío. Pero Ciriaco, como bue español, se siente celoso de que Brunilda posea algunos admiradores así que, en una de sus discusiones, y, a causa de un invento de Urbana-Arístides, sus almas se intercambian y en el cuerpo de Ciriaco queda instalada la de Brunilda y viceversa.
Finalmente, todo se resolverá a favor de los jóvenes amantes y la dicha invadirá la escena dando lugar a la gran apoteosis con la que termina cualquier espectáculo de esta índole.

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