¡VIVA LA REVISTA!

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sábado, 3 de noviembre de 2007

Breve historia de la revista (VII)


Así, y, con el transcurrir de los años, nos adentramos ya en la segunda década dorada del género, los cincuenta, en donde muchos autores consagrados en otras lides como Pablo Sorozábal o Federico Moreno Torroba, ponen sus conocimientos musicales al servicio del teatro frívolo. Y, una vez más, aparecen nuevas estrellas en el firmamento olímpico de la revista: Mari Luz Real, Esperanza Roy, Licia Calderón, Addy Ventura, Tania Doris, Lina Morgan, Virginia de Matos, Concha Velasco, Queta Claver... surgidas todas ellas de las filas de vicetiples de alguna de las grandes vedettes de la época, especialmente de Celia Gámez; y una marabunta de títulos dispuestos a entretener al público: A todo color (1950), Tres gotas nada más (1950) con más de doscientas representaciones seguidas en La Latina, Las alegres cazadoras (1950), ¡Eres un sol! (1950), La cuarta de A. Polo (1951), Las cuatro copas (1951) y su formidale y siempre recordado pasodoble “Soy madrileña” interpretado por Maruja Díaz, Tentación (1951) y la escultural Mª de los Ángeles Santana: “Yo seré la tentación, que tú soñabas...”, ¡A vivir del cuento! (1952) y su pasodoble “Pastora Imperio”, Metidos en harina (1953), Lo verás y lo cantarás (1954), Dos Virginias (1955), Maridos odiosos (1956), Tropicana (1957), Los diabólicos (1957), ¡Tócame, Roque! (1958), Una jovencita de 800 años (1958), Cásate con una ingenua (1959)...
Pero, sin lugar a dudas, los éxitos de esta década son cuatro y vienen dados por dos maestros bien diferentes en estilo y arte de entender la música: de 1950 es La hechicera en palacio, un auténtico “boom” para la época y otro éxito más para la gran Celia Gámez, quien, a pesar de su edad (contaba entonces ya con cuarenta y cinco años y una figura de vértigo) supo seguir en el candelero hasta bien entrados los años sesenta. De esta obra es la magistral fado-marchiña “Estudiantina portuguesa”, compuesta por el maestro José Padilla, traído expresamente por Celia desde París que, a pesar de haber sido en su principio un número cómico para ser interpretado por Olvido Rodríguez y Pepe Bárcenas, Celia intuyó que podía dar mucho más de sí y lo convirtió en el éxito de la década: “Somos cantores de la tierra lusitana, traémos canciones de los aires y del mar...” Rara era la emisora de radio, las excursiones de chiquillos o el patio de vecinas en donde no se tarareaba mencionada melodía. Pero, junto a La hechicera, Padilla compuso la partitura para otros dos éxitos de la época: Ana María (1954) y La chacha, Rodríguez y su padre (1956), ambas interpretadas por una jovencísima Queta Claver quien, gracias a estos éxitos, conseguiría alzarse con el título de “la otra reina de la revista”.
Ya, en 1956, un autor de operetas como Francis López, a quien Celia conoció durante una larga estancia en París, va a poner la música al último gran “boom” de la década: El águila de fuego, con libreto de Arturo Rigel y Francisco Ramos de Castro.
Largas e interminables colas para acceder al Teatro Maravillas, cientos de días de lleno absoluto, una partitura fácil y alegre conducida formidablemente por el maestro López y un argumento bastante atrayente, fueron los alicientes de la obra, un éxito que elevó a Celia Gámez a diosa del espectáculo; sin embargo, durante esta década, la supervedette estrenó, además, Dólares (1954) y S.E., la Embajadora (1958).
Es además la década en donde Celia repone algunos de sus grandes éxitos como Yola o La Cenicienta del Palace atraída, sin lugar a dudas porque el público, su público, se lo demandaba constantemente.

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